Arrancar el año con la presión de lanzar el mejor celular Android al mercado desde febrero no es una tarea sencilla. Cuando Samsung presentó su Galaxy S23 Ultra, apostó por una evolución continuista, rompiendo con su propia tradición de darnos rediseños radicales y cambios drásticos en la hoja de especificaciones. Ese fue un momento de refinamiento puro, de pulir los puntos débiles y dejar intacto lo que ya funcionaba bien. El problema es que esta estrategia de conservación ha mutado con el paso del tiempo, convirtiéndose en un síntoma de pereza tecnológica que ahora amenaza con contagiar a su gama media, específicamente al próximo Galaxy A57 5G.
Un rostro conocido y el adiós a las curvas
Físicamente, el S23 Ultra es casi un gemelo de su predecesor. Samsung ya había encontrado su zona de confort con el S22 Ultra al adoptar un estilo minimalista donde los lentes de la cámara sobresalen directamente del cuerpo. La novedad recayó en la incorporación de materiales reciclados, un detalle que afortunadamente no sacrificó ni un gramo de esa sensación premium que uno exige. La parte trasera mantiene ese acabado mate que atrapa huellas sin piedad, y el polvo sigue acumulándose alrededor de sus enormes cámaras. A los bordes de aluminio brillante les pasa algo similar; son un imán para los rayones superficiales.
La botonera sigue siendo tan sólida como antes, pero arrastra un defecto de diseño importante. Estamos hablando de un equipo gigantesco, y los botones de volumen están ubicados tan arriba que es imposible alcanzarlos con una sola mano de forma natural. El único que queda a la mano es el de encendido.
Afortunadamente, la marca empezó a soltar su obsesión por las pantallas curvas. El dispositivo tiene laterales completamente planos. Ojo, el cristal no es 100% plano, pero tira más hacia un acabado 2.5D que a un panel edge tradicional. Gracias a esto, los dedos descansan sobre el marco de aluminio y los toques fantasma en la pantalla desaparecen por completo. El aprovechamiento del frontal bajó ligeramente a un 89.5% frente al 90.2% del modelo anterior, aunque esos números solían estar alterados por la misma curvatura. Pese a una pequeña barbilla inferior, la inmersión visual es fantástica. Al ser tan cuadrado, pierde un poco de ergonomía frente a sus hermanos menores, el S23 y S23+, pero cualquier funda soluciona rápido ese impacto en la palma de la mano.
Pantallas brillantes sin ganas de competir
Dicen que es mejor no moverle a lo que ya funciona, a menos que tu competencia directa lo esté haciendo mejor. El panel Dynamic AMOLED de 6.8 pulgadas del S23 Ultra es prácticamente el mismo del año pasado, manteniendo los 120 Hz de tasa de refresco adaptativa y un pico de brillo de 1,750 nits. Visualmente es un espectáculo, tanto a plena luz del sol como en la oscuridad total.
El verdadero problema aquí es la falta de ambición. A nivel numérico, Samsung siempre se había caracterizado por aplastar a la competencia en temas de brillo. Apple ya había roto la barrera de los 2,000 nits con sus iPhone 14 Pro, y sinceramente esperábamos que Samsung respondiera con la misma fuerza. En un celular que aspira a ser el rey absoluto del mercado, se exigen las tecnologías más punta, sin pretextos ni reservas.
La pereza tecnológica llega a la serie A
Ese conformismo, que en la serie S se disfraza de “refinamiento”, se ha convertido en una enfermedad crónica dentro de la compañía. El paciente cero de esta nueva ola de estancamiento es el futuro Galaxy A57 5G. Históricamente, he defendido a los modelos superiores de la serie A como alternativas reales y sólidas a la gama alta. Pero al analizar las filtraciones del A57, la decepción es inmediata. El tiempo parece haberse congelado por completo en las oficinas de diseño.
Si pones los renders filtrados del Galaxy A56 junto al nuevo A57, te reto a encontrar las diferencias. Son equipos idénticos. Apenas hay un cambio minúsculo en el grosor de los anillos de la cámara que absolutamente nadie va a notar a simple vista. Por dentro, el panorama es exactamente el mismo. La única novedad confirmada es el procesador, pasando del Exynos 1580 a un Exynos 1680. Todo lo demás se quedó congelado en el tiempo: mismo tamaño de pantalla, misma resolución, mismo brillo, idénticas configuraciones de RAM y almacenamiento, además de reciclar el módulo de cámaras, la batería y la velocidad de carga.
Ver esto en la serie A duele bastante porque no siempre fue así. Si echamos un vistazo a las generaciones pasadas, el salto del A53 al A54 nos entregó una pantalla diferente, un nuevo procesador, distintos materiales de construcción y un sensor principal renovado. Poco después, la transición hacia el A56 nos dio quizá la mayor cantidad de mejoras de los últimos años, con una pantalla que creció hasta las 6.7 pulgadas y un salto brutal en la carga rápida de 25W a 45W. Esas eran verdaderas razones para actualizar el celular. Hoy, Samsung parece confirmarnos que la innovación está en pausa, limitándose a actualizar procesadores mientras nos venden exactamente el mismo equipo del año pasado.
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